Mexicali, B. C.

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Mexicali, B. C. México

miércoles, 29 de diciembre de 2021

 EL CAÑÓN DE DOÑA PETRA

El amor se hace con el corazón y se deshace con los sentidos”

Emilio Salgari.

 


Casa de vacaciones, Ensenada, Baja California


                                                       Era el mes de septiembre de 1961, Casa de vacaciones del Seminario Misional de Nuestra Señora de la Paz en la apacible, en aquel entonces, ciudad de Ensenada, Baja California, yo un adolescente de 13 años. Después de la misa, el desayuno y el aseo de la casa, un grupo de alumnos sal
imos rumbo al cañón de Doña Petra. Era un paseo corto, de solo unas 6 o 7 horas, pero significaba una gran caminata. Con nuestro lonche de costumbre, dos sándwiches y un refresco, nos enfilamos a una zona totalmente desconocida para mí. Como guía y responsable iba un Frere. Por alguna razón que nunca supe, era una costumbre dirigirnos a los maestros como Frere que significa hermano en francés.

Pues bien, atravesamos el campo de fútbol y tomamos hacia el norte por lo que era el último tramo de una calle terregosa que mostraba en un extremo una hondonada producto de los arroyos que se formaban por las lluvias, del lado izquierdo había un predio bordeado por altísimos y vetustos álamos que rumoreaban al pasar el viento entre sus ramas, a la derecha había una fábrica de envases de latas. En ese punto prácticamente terminaba la ciudad. Lo que hasta ese momento podría llamarse calle, dejaba de serlo y continuaba en una pronunciada pendiente hasta un gran arroyo que en ese momento llevaba poca agua.

Luego de atravesar el arroyo solo había una vereda que nos llevó, después de caminar algunas horas, hasta una ladera sembrada de naranjos. Nos fue imposible resistir la tentación y en un santiamén cruzamos la endeble cerca que nos separaba de los jugosos frutos. Nos dimos un festín y descansamos un rato. Más adelante la vereda también se terminó. Ahora caminábamos entre matorrales y arbustos, algunos árboles esparcidos aquí y allá nos proporcionaban un respiro bajo su sombra.

Fue ahí precisamente, bajo la sombra de un frondoso árbol, mientras consumíamos nuestros refrigerios y en el silencio de nuestras voces, que pudimos escuchar los ruidos propios del campo; el viento al pasar entre las hojas, el chocar de las ramas, el canto de un pajarillo y la respuesta de otro, el crujir de la maleza por el rápido paso de, quizás, una liebre perseguida por un coyote… ¡y de pronto! Todos nos quedamos petrificados por un instante, luego nos miramos unos a otros en silencio. Debo decir primero, que para entonces todo el grupo se había disgregado en pequeños clanes, nosotros éramos ahora solo cuatro muchachos. Volvimos a escuchar el ominoso sonido, ahora mucho más cerca, tal vez nunca ninguno de nosotros había escuchado en la vida real ese sonido, pero por alguna razón los cuatro intuimos lo que anunciaba. Nos levantamos muy despacio mirando cuidadosamente la tierra a todo nuestro rededor… y de pronto el sonido nos hizo voltear nuestras miradas y a una sola voz gritamos ¡Ahí está! Y a tan solo dos metros, metiéndose en un arbusto vimos a la enorme víbora de cascabel, la temeridad de aquella edad nos hizo saltar tras de ella, bueno cuando menos a mí, no puedo decir que sintieron o pensaron mis compañeros, pero me siguieron. Ahora, desde la experiencia que dan los años, puedo decir que nos enfrentamos a un verdadero peligro mortal.

Debo mencionar que, para entonces, a mis trece años, yo ya había devorado buena parte de la colección de Emilio Salgari, y en mi imaginación aventurera, Sandokan el héroe de sus cuentos, tomó el mando en ese momento.

Ya no era el chiquillo de baja estatura y esmirriado, era Sandokan. Como una fierecilla tras su presa me lancé a buscar una rama que tuviera una horqueta, la corté haciendo palanca con un pie, ya que no disponía de una navaja y me dirigí directamente hacia la serpiente que ya había abandonado su escondite y se alejaba rápidamente. Con una rápida y corta carrera logré alcanzarla y clavé mi horqueta un poco atrás de su cabeza, pero mi herramienta falló, la víbora de cascabel se deslizó sin ninguna dificultad entre la horqueta. Pero la lucha no había terminado, la seguí hasta un nuevo matorral donde se arrastró hasta lo más profundo, mis compañeros, que ya se habían armado con unas largas varas, empezaron a picarle por el lado opuesto de donde yo me encontraba, su acoso hizo que la víbora de cascabel saliera del matorral y se enroscara a escaso medio metro frente a mí. Como mi horqueta no me había servido yo había levantado la primera roca que había encontrado, era una roca bastante grande, recuerdo que la alcé con las dos manos. Ahora pienso que tal vez eso fue lo que me salvó la vida. La serpiente ya estaba enroscada como en un tirabuzón, su cascabel sonaba fuerte y constantemente, como un resorte acerado liberado de su presión, su cabeza se empezó a levantar en mi dirección y vi que su boca empezó a abrirse, todo parecía transcurrir en cámara lenta, fue en ese momento que arrojé la roca, vi claramente como la cabeza de la serpiente ya venía en el aire hacía mi con su boca totalmente abierta pero la roca llegó primero sobre su cabeza, con el impacto la serpiente se volvió a esconder en el matorral y no respondía al acoso de las varas. Pude alcanzar a ver qué, atrás de su cabeza, exactamente en lo que pudo ser su garganta tenía una pequeña herida, no había sangre, solo se veía su carne de un color rosa tenue. Entonces grité ¡Le di! ¡Le di! Empecé a arrancar las ramas del matorral para llegar a ella y con la mayor inconsciencia, que después de la cordura que dan los años, al recordarlo, aún siento escalofríos, la tomé detrás de la cabeza precisamente ahí donde tenía la herida. La jalé con todas mis fuerzas, pero resistía poderosamente enredada entre las ramas, mis compañeros empezaron a desenredarla y poco a poco fue apareciendo su verdadera dimensión, su poder era tal, que a pesar de su herida se retorcía fuertemente, por lo que tuvimos que contenerla los cuatro con las dos manos, cada uno a un lado del otro, por lo que estimo que debe haber medido no menos de metro y medio. En esa posición emprendimos el camino de regreso, era una posición en extremo cansada y peligrosa, la serpiente no dejaba de retorcerse, por lo que era muy riesgoso soltarla, ni siquiera nos permitía aflojar las manos, de esta forma el regreso fue una verdadera pesadilla. Las manos y brazos me empezaron a doler, pero no me atrevía a aflojar por nada la presión, uno de los compañeros sugirió que la soltáramos y yo estuve a punto de ceder, pero la sola idea de llegar con las manos vacías sin la prueba de nuestra hazaña pudo más que el cansancio. Afortunadamente después de una hora aproximadamente pareció que la serpiente empezó a cansarse también y uno a uno mis compañeros se fueron turnando para descansar, yo no podía hacerlo porque mi mano izquierda presionaba la cabeza de la serpiente y francamente temía que al cambiar de mano me mordiera ya que intermitentemente la serpiente abría la boca tan grande como podía y mostraba sus larguísimos y puntiagudos colmillos de los cuales dejaba escapar unas gotas de amarillento veneno.

Por fin llegamos, empezaba a caer la noche, la noticia de que llevábamos una serpiente de cascabel ya se había esparcido, así que el rector ya nos estaba esperando, dio la orden de que algún compañero de un curso superior se deshiciera inmediatamente de la serpiente y mi febril idea que venía mascullando durante todo el camino de regreso, de conservar el cascabel como un preciado trofeo se desvaneció. Sandokan abandonó la imaginación de aquel flacucho chiquillo y el Veni Creator Spiritus volvió a ocupar mi mente.

Corolario:

La insensatez de esos años de juventud, impidió que la intrepidez desbocada tuviera freno alguno. Cualquiera de mis compañeros o yo mismo, pudimos sufrir una horrible agonía y morir en muy poco tiempo. Gracias a Dios no fue así. Pero hay algo que jugo en mi favor, la naturaleza de la propia serpiente. Muchos años después, una lectura sobre el comportamiento de la serpiente de cascabel, no sé si de todas las serpientes, me permitió comprender lo que en realidad había sucedido aquel día. Así entendí que fueron esos milisegundos que me anticipé a soltar la roca, lo que puso la suerte a mi favor, ya que el instinto de la serpiente la hizo seguir a la velocidad del rayo el movimiento de la roca, es su defensa natural. ¡Yo no le di a la serpiente, la serpiente le dio a la roca! Por último, pido mil perdones por no recordar los nombres de mis tres compañeros de aventura, si alguno de ellos eventualmente lee este relato agradecería hacérmelo saber. Un fraternal abrazo.

Adolfo Camacho Gómez.